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Dr. José Vitelio García Maldonado

De la opacidad a la luz

Por: José Vitelio García

Hace algunos meses, cinco o seis, advertí una tenue opacidad en mi vista. Fui a consulta con el oftalmólogo y me diagnosticó contundente: “¡catarata en el ojo izquierdo!”





Aquella incipiente obnubilación, en poco tiempo se tornó en una molesta película translúcida que sólo me permitía adivinar sombras en lugar de objetos y personas.




Junto a la molestia se fue incubando en mí un sentimiento de enojo y frustración. Leía con mucho esfuerzo, y en las noches brumosas y frías de Xalapa apenas si medio veía.




En los últimos días en que aún me atreví a manejar de Xalapa a Coatepec, hubo ocasiones en que sin darme cuenta, yendo a poca velocidad, cambiaba de carril de circulación, pasando al de alta velocidad sin advertirlo. Era de noche, con neblina cerrada y con pavimento mojado.




En otra ocasión, transitando por la carretera que converge a Perote, viniendo de Puebla, estuve a punto de estrellarme contra un camión de volteo que con poca luz y a poca velocidad circulaba por la recta que arriba a la población mencionada. Eran las 20:43 horas y en sentido contrario corría con las luces altas y a gran velocidad un automóvil que me deslumbró. Porque, esa es una de las características de la catarata, impide ver bien, pero además al recibir una luz intensa, ciega por deslumbramiento.




Familiares y amigos me animaban con sus comentarios. “Ahora, ya se puede operar fácilmente” “La operación es un proceso ambulatorio, no hay necesidad de hacer cama”. “Hay un 99% de éxito”.




Finalmente me decidí, saqué mis ahorros y fui a someterme a una intervención quirúrgica a Cuernavaca, en plena época navideña.





Tuve suerte. Llegué a una clínica oftalmológica muy bien equipada y bien atendida. El cirujano especialista, hombre joven, de buen talante, optimista y seguro de sus conocimientos.




Eran las 10:00 horas de la mañana cuando entré al quirófano. Para esa hora, ya desde las 7:00 horas en que tomé el baño diario y me lavé la cara tres veces, apliqué en el ojo afectado, cada 20 minutos una solución al parecer antiséptica que “ardía como chile” y otra cada 30 minutos, más suave y menos agresiva.




Con el aséptico atuendo de rigor, a las 10:00 horas ingresé al quirófano. En la mesa de operaciones; a mi izquierda, anestesista introduciendo soluciones intravenosas, a mi derecha enfermera atendiendo el baumanómetro, en el pecho electrodos para vigilar el ritmo cardiaco.




Una hora duró la operación quirúrgica. El oftalmólogo maniobró por una especie de ventana hecha en la cubierta que me colocaron sobre la cara. Consciente, escuché todos los comentarios y sonidos a mi alrededor. También vi, primero una luz intensa que adquirió distintas tonalidades, verde, azul, roja. La técnica facoemulsiva tiene por objeto reemplazar el cristalino opacificado por un lente intraocular plástico.




A través de una pequeña incisión entre 2.8 y 3.2 milímetros se introduce el terminal de facoemulsificación, que con ultrasonido emulsifica y extrae el cristalino. Posteriormente se introduce plegada, la lente intraocular que se distiende en el interior del ojo. “Con el ganchito”, oí el comentario. Después de ver una especie de ondas agitando un medio líquido, como en una fuente, vino la obscuridad, luego la luz brillante a través de un cristal límpido.




Líquidos sobre el ojo, especialmente al término de la operación. Finalmente un apósito. Y...."ya puede levantarse. Con cuidado, nosotros le ayudaremos"




Los cuidados normales. No tallarse los ojos, No hacer esfuerzos. Aplicarse las soluciones líquidas prescritas.




Ahora, año nuevo, visión nueva

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