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Dr. José Vitelio García Maldonado

MES PATRIO

Por: José Vitelio García

Henos aquí, reunidos para conmemorar el mes de la patria.

Época del año propicia para evocar a nuestros héroes, prohombres forjadores de nuestra nación.

Porque, señores, a pesar de los descreídos, México es una gran nación, por su cultura, por sus tradiciones, por sus valores.

De él, emana nuestra nacionalidad que debemos reforzar cotidianamente, sobre todo ahora que nuestro país, como muchos otros del planeta, se enfrenta, y con él nosotros, al llamado proceso de globalización.

Algunos dicen que este último es como una aplanadora, implacable. Yo digo que es un proceso engullidor de naciones, insaciable. Su origen se da en las naciones grandes y poderosas, incubadoras de un imperialismo rampante devorador de economías a las cuales aniquila con sus reglas financieras. De ellas sustrae materias primas, fuerza de trabajo, iniciativa intelectual (petróleo, braceros, investigadores, por mencionar algo).

Lo más trágico es que cuando no succiona lentamente a sus víctimas, lo hace de manera violenta como es el caso de lo sucedido a Irak, segundo productor mundial de petróleo.

Pero, ahora bien, he dicho que México es una gran nación, no una nación grande desdeñante del derecho de los pueblos. En México recordamos con orgullo, hoy sobre todo, en este mes a quienes nos dieron libertad, muriendo en ese empeño. Hidalgo, Allende, Aldama, Jiménez, en la lucha por la Independencia; a los Niños Héroes de Chapultepec en la defensa contra el invasor estadounidense.

México nunca ha invadido a otra nación. Sólo se ha defendido en su momento de quienes le han subyugado o han profanado su suelo.

Para fortuna, estos patriotas mexicanos, cuyos nombres conocemos, hoy los exaltamos, pero junto con ellos de manera anónima existieron otros cuyo recuerdo apenas nos llega.

Permítanme, señores, evocar un hecho verídico que ocurrió en éstos, nuestros lares.

Don Manuel Payno, literato e historiador mexicano, al escribir sobre su viaje a Veracruz en el invierno de 1843, asentaba:

“De Xalapa a Coatepec hay como tres leguas... creía no haber andado más de una calle, cuando me encontré sobre un puente que está a la entrada del pueblo (Coatepec) y por debajo del cual corre un río cristalino. Este puente tiene sus recuerdos gloriosos, pues pasó en él uno de estos hechos, que aunque sublimes, han quedado ignorados.

En la época de Independencia, Xalapa, Orizaba, Córdoba y todos los demás pueblos del en aquel entonces departamento de Veracruz eran invadidos por las tropas españolas... la sangre y los desastres se sucedían sin intermisión.

Coatepec, por rara casualidad, había sido una excepción de la regla; así, los vecinos, aunque valientes y patriotas, no habían tenido oportunidad de probar sus esfuerzos.

La ocasión no tardó en presentarse, pues se tuvo noticia que Travesí, con cerca de seiscientos realistas se dirigía a tomar posesión del pueblo. Inmediatamente que los coatepecanos consideraron que se les iba a atacar su pequeño paraíso, y que los enemigos iban a posesionarse de sus pintorescas y tranquilas soledades, su valor y su energía no conoció límites.

No tenían armas ni disciplina, ni sabían una sílaba en materias de guerra; pero su patriotismo y valor lo suplió todo. Con la mayor precipitación hicieron un cañón enhuecando un árbol y forrándolo con una piel de res, por lo cual le llamaron el Toro Pinto.

Travesí (el jefe realista que comandaba las tropas vireinales) se aproximaba, y los coatepecanos, provistos con tan singular artillería, completaron su armamento con garrochas, palos, machetes y algunas escopetas y fusiles viejos que pudieron reunir.”


Había un vecino ya mayor, “virtuoso, tímido y constantemente retirado en su casa, quien al saber de la inminencia de la llegada de los realistas, recobró por un instante toda la energía de su juventud y se puso al frente de los defensores de Coatepec. Nuestro personaje, después de haber pronunciado una arenga, gozoso, vestido de limpio y risueño como si fuera a una boda, se puso en marcha, seguido de su entusiasta tropa, que fundaba toda su esperanza en la justicia de su causa, y en el poder de su singular cañón de cuero.

Los coatepecanos fijaron su cañón en un punto elevado, cargándolo con postas y guijarros. Travesí se acercó riendo de la temeridad de estos campesinos; mas, de improviso, arrojó fuego el terrible Toro Pinto, y una nube de metralla desconcertó a los realistas y les hizo muchos muertos y heridos.

Antes de que Travesí volviera de su sorpresa, el Toro Pinto había arrojado otra vez por su boca otra descarga. La acción fue muy reñida, pero al fin los realistas se retiraron con gran pérdida y los doscientos o trescientos coatepecanos volvieron a su pueblo, capitaneados por el heroico viejo.

El cañón de cuero estaba ya quemado e inservible; pero había hecho su deber.”


Esta narración fue contada por Don Mateo Rebolledo, vicario de Coatepec, a Don Manuel Payno.

Como podrán ustedes advertir, compañeros, coterráneos y amigos, tenemos tela de dónde cortar.

Tenemos historia, tradición y cultura propias, de ellas debemos tomar ejemplos para reforzar nuestra identidad nacional y afrontar toda influencia extranjerizante que pretenda despersonalizarnos como nación y arrojarnos como grupo anónimo en ese remolino triturador que se llama “globalización”.

Muchas gracias por haberme escuchado.



*Discurso pronunciado en el monumento a Miguel Hidalgo en el Parque Central de Coatepec, Ver., el día 28 de septiembre de 2003.

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