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Dr. José Vitelio García Maldonado

De mis recuerdos

El doctor y yo

Por: José Vitelio García

Era una noche lluviosa de verano. Una silueta masculina, que se apresura, atraviesa la calle. Su altura regular se hace más patente con su impermeable oscuro y sus sombrero de fieltro. Seguramente va en cumplimiento de su misión. Yo espero que se calme la tormenta.

Ahora, rememoro su impresionante figura y, a veces, le veo como en aquella noche. Es el médico del pueblo, por todos estimado y querido. El mismo ha sido el que ha atendido a nuestros familiares en los amargos momentos; y cuando alguno de nosotros se ha desequilibrado en su salud, no ha escatimado en robar unas horas a su sueño para atendernos.

Cómo le voy a olvidar, si frente a nuestra casa está el Hospital de Caridad (que uno de los más ilustres hijos del pueblo ha levantado para su tierra natal). De ahí, todos los días —cuando con mis libros caminaba hacia la escuela— le veía salir, optimista, con su maletín en la mano derecha; en medio de la alegría y tranquilidad que infundían aquellas mañanas llenas de sol.

Así, a través de aquel panorama provinciano, caminábamos el Doctor y yo. Él con su suéter blanco, su pantalón generalmente gris u oscuro y en su mano derecha sus instrumentos de trabajo, encerrados en un petaquín de piel, el cual nunca dejó de llamarme la atención e infundirme cierto temor, tal vez por recordar mis ratos de enfermedad. Así, él caminaba con paso firme y seguro, y yo, impresionado y tímido, sólo me conformaba con ir a la par de él, pero en la acera de enfrente. Su rostro alegre y sonriente se hace más impresionante con sus gafas, que amplían una mirada que infunde respeto y confianza; no usa bigote, su pelo ligeramente ondulado deja al descubierto una amplia frente y cubre con más profusión sus sienes aún no matizadas por el blanco que dejan los años.

En esa forma, el médico, que saluda a las vecinas que regresan del molino o barren el frente de su casa, y yo, el escolar presuroso, caminamos por la recta calle. A dos cuadras de distancia se ve el palacio municipal y a lo lejos, fuera del pueblo, se recorta perfectamente en el azul del cielo el perfil del Citlaltépetl, con sus blancas nieves y aspecto de coloso. Al llegar a la esquina del palacio me separo del Doctor, quien con una sonrisa y una mirada de afecto se despide de mí, yo atravieso hacia la escuela y él, tal vez, va a su casa a desayunar o a dar consulta a otros pacientes.

Pero Cronos nos arrastra. Salgo de la primaria, dejo mi pueblo y voy a estudiar a la capital de mis estado. Después de ocho años, con mi título de graduado en una de las escuelas de renombre y prestigio, regreso a mi ciudad. Algo ha cambiado, las calles empedradas se han pavimentado, han fallecido algunos de mis maestros y otros ya no trabajan en el plantel en que estudié; el médico ya no está, ha emigrado buscando seguramente mejores horizontes y se ha trasladado a la capital de la república. Sólo tengo su imagen y su timbre de voz en mi memoria. Mis amigos de la infancia ya no me conocen, de vez en cuando, alguno recuerda mi fisonomía y me saluda... ¡mi ambiente de hace años se ha extinguido..!

Las circunstancias me obligan a dejar nuevamente mi pueblo, consigo trabajo en donde menos pensaba: la metrópoli. Ya en la capital, regreso a visitar temporal y periódicamente a mi familia, ahí descanso respirando el aire fresco del campo, gozo de la tranquilidad provincial y admiro hermosos paisajes que, gracias a mis excursiones provocadas por mi deseo de olvidarme del barullo de la gran ciudad, realizo a lugares cercanos a mi terruño.

Pero en una ocasión, cuando vuelvo a la estación con mi equipaje dispuesto a regresar a mi trabajo, en unión de mis familiares, encontramos inesperadamente al Doctor, que ya hacía tiempo no veíamos. Su presencia asombra a todos, aunque más a mí. Al preguntarle mis padres por su salud vuelvo a recordar su timbre de voz —ahora algo distinto— su cara expresa más tristeza y seriedad, sus lentes dejan ver unos ojos más cansados, su pelo menos lozano y menos abundante, sus manos un poco menos ágiles y, para mí, menos alto. Pregunta por mí —ya no me conoce— y al presentarme mi padre, vuelvo a ver en su semblante una traza de la sonrisa afectuosa de aquellos días de mi infancia.

Platicamos de recuerdos y de problemas actuales, su presencia en el terruño se debe al deceso de uno de sus familiares más cercanos y queridos. Mis padres le platican del pueblo y su lento progreso, de los días que vivió cerca de nosotros y le preguntan por su familia. Llega la hora de partir y como siempre, la despedida. Prometo escribirles y me retiro pensando volver pronto, el Doctor se despide también y ambos subimos al autobús.

Viajamos juntos, tanto él como yo tratamos de platicar, pero sólo intercambiamos pequeños temas de conversación: el tiempo, actualidades, etc. Le noto más frío, tal vez su pena o quizás me desconoce... los años no han pasado en vano... y yo estoy desarmado para charlar con quien siempre consideré difícil hablar, por mi timidez; que aunque sólo es ya una sombra de mi puerilidad, en esos momentos regresa como parte de mis recuerdos, ese sentimiento me hace cohibirme.

Llegamos a nuestro destino y ahí, al momento de despedirnos, vuelve su sonrisa, entonces recuerdo su antiguo timbre de voz, su jovialidad y su alegre expresión que siempre me infundieron confianza, cuando con amable tono, me dice: “Espero verlo en la casa de usted” y me estrecha la mano. Toma su impermeable oscuro y su maletín en la diestra, y ahora, con menos garbo y energía, pero firme, se aleja...

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