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Dr. José Vitelio García Maldonado

Gracias, maestro

Para Margarita, madre y maestra ejemplar.

Por: Benito Barradas

Tu aniversario, Maestro, no se conmemora en lo oscuro. Se celebra en la presencia luminosa de las horas. Con la frente en alto, y el corazón satisfecho. Tu obra, por bella y sublime, perdura en el recuerdo de tus alumnos. Tu presencia, tu voz, tus actos, tu ejemplo, no pueden huir. Tu magisterio nos acompaña, se anida en nuestro pensamiento y de nuevo te alcanza, como el sueño persigue al soñador fugado.

Puedes cambiar de adscripción, de escuela, de ciudad. Puedes trasladarte a vivir a Xalapa, Pánuco, Orizaba o el puerto de Veracruz. A la montaña, al valle o a la orilla del mar. No te olvidaremos, no te dejaremos a solas, pues enseñaste a los niños a escuchar la emoción de su propia voz.

Independiente de ti, en la luz resplandeciente del día, como tu magisterio, tu aniversario se irradia. En el 15 de mayo, no hay sindicato, ni academia, ni derecha, ni izquierda, ni ideología, que valga más que tu obra, entregada en ese mundo geométrico del salón de clases, en las lecciones, en el aprendizaje de las primeras letras, en las risas y las tiernas miradas matinales.

El 15 de mayo, los periodicos, la radio y la televisión se acordarán de ti. El gobierno te ofrecerá discursos, quizá una carta, tal vez una ceremonia. Es algo. Pero no es suficiente. Los maestros necesitan desarrollarse, trabajar, vivir en plenitud. Los discursos no dan de comer. Han sido tantas las promesas incumplidas que ya se gastaron las palabras de tanto rodar.

Tu experiencia de maestro te ha mostrado la cara más brutal de la realidad y sabes que ya tiene tiempo que los niños y niñas, adolescentes, jóvenes y viejos, están a la espera de la oportunidad que les permita vivir sin penurias. Trabajar sin miedo. Tener pan en la mesa. Liberarse de las enfermedades. Sabes que los mexicanos, yo, tú, ellos, nosotros, todos, necesitamos ser felices. Ya es tiempo de que los habitantes de este país llamado México, canten, rían, jueguen, miren la vida con esperanza y construyan con alegría el futuro que se les ha negado.

Tú, maestro, que convives con la potencia y el frescor de la infancia y de la juventud, en esos instantes fugaces y extraordinarios de la condición humana. Tú, que te exiges una especial disposición de espíritu para mirar con otros ojos aquello que se ve todos los días. Tú, maestro, necesitas más que un simple aplauso, diploma, discurso, homenaje. Es necesario que te respeten todos tu derechos. Derechos económicos, sociales y políticos, consagrados en la Ley, en la Constitución, en los Convenios, en los Acuerdos. Urge que eso derechos adquieran cuerpo de certidumbre, que sean reales, totales. Todos tus derechos, no una parte, no una migaja arrojada con desprecio por el patrón. Tu deber es rechazar la miseria económica y moral, la exclusión, la injusticia, el conformismo.

Mucho te han mentido. Te mintieron ayer, y te mienten hoy de nueva cuenta. Te mienten de cuerpo y alma, con actos, con palabras, verbo. Y es tanto y tan seguido lo que te mienten, que ya se va haciendo costumbre que recibas cataratas de mentiras. Pero tú, maestro, no te resignes. Tienes la capacidad para enseñar a tus alumnos que los derechos no están enlatados en un libro de texto, inertes, fríos. Demuéstrales que son la garantía diaria de nuestra libertad o no son derechos. Que se ejercen plenamente o son retórica, palabrería. Y para que sean lo que dice la Ley, necesitamos maestros como tú, que no bajan los brazos y reclaman el cumplimiento de todos los derechos.

Admiro a los maestros de vocación. De ellos hablo, a ellos me refiero. Son los que dan prestigio al magisterio. Los otros, los buscavidas, acomodaticios, opacos, paracaidistas en el sector educativo, no merecen ser mencionados.

Rindo homenaje sincero a mis maestros queridos, guardados en mi memoria, en mi pensamiento, en mis emociones más sutiles. Se trata de aquellas personas que, sin saberlo, me enseñaron a ser quien soy. Doy los créditos. Aquí están algunos, no todos, los nombres: Piedad Domínguez, sonrisa a flor de piel allá en Cempoala; Horacio Hernández, voz dialéctica de la esperanza; Salvador Valencia Ortuño, inigualable maestro en el arte de enseñar a enseñar; Raúl Contreras Ferto, ejemplo de humildad y sabiduría; Carlo Antonio Castro, en verdad un sabio, magnífico antropólogo, maestro digno y solidario, escritor, padre involuntario de escritores veracruzanos.

Hoy, con humildad, digo: gracias, maestro.

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