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Dr. José Vitelio García Maldonado

Paranoia antiterrorista

Por: José Vitelio García

Por circunstancias laborales me ví obligado a viajar en avión desde el D.F. hasta la “Perla de Occidente” Guadalajara. Había necesidad de presentar un Informe preliminar sobre los resultados de una Evaluación realizada en Campo, sobre la Información para el Desarrollo Rural Sustentable en el Estado de Jalisco.

El vuelo salía a las ocho de la mañana, pero convenía estar dos horas antes en el aeropuerto para documentar la salida. Afortunadamente sólo llevaba equipaje de mano, lo cual simplificaba los trámites. Tras presentar la credencial de elector, el empleado del mostrador me asignó número de asiento y me extendió el pase de salida que había que mostrar para los trámites subsecuentes.

Para entrar a la sala de abordar, tuve que formarme en una cola que avanzaba lentamente. En la entrada una empleada con vestimenta de policía, leía con dificultad el nombre asentado en la credencial de elector (otra vez requerida), lo veía a uno en la cara para constatar la imagen de la fotografía , veía el pase de abordar y si no había problema según su criterio lo dejaba seguir. Adelante le daban a uno una bandeja de plástico en donde había que poner, teléfonos celulares, reloj, llaves, monedas, lentes y cinturón por lo de la hebilla metálica. Después pasar por un marco detector de metales y posteriormente alzar las manos para que un empleado con un bastón detector lo revisara a uno a todo lo alto y ancho del cuerpo para verificar que no portaba nada metálico. A mí se me olvidó que llevaba unas aspirinas y como éstas están empacadas en una tabletilla de plástico cubierta con una película de papel de estaño, pues, hizo sonar el detector del bastón. ¡ Qué lleva ahí ! Me dijo altisonante el empleado. Yo más asustado que reflexivo saqué las aspirinas. ¡ Póngalas en la bandeja ¡ me replicó. Acción que realicé en el acto.

Al mismo tiempo y paralelamente mi equipaje de mano y mis pertenencias metálicas pasaban sobre una banda móvil la inspección con rayos equis. Sin novedad, ya que yo había sacado del estuche de aseo personal, las tijeritas bigoteras y las limas de uñas, que no están permitidas portar al interior del avión, por aquello de que puedan ser utilizadas para intimidar a la tripulación. Pagué sesenta pesos de alquiler por día para dejarlas en un espacio de los equipajes a fin de recuperarlas a mi regreso.

Después, al otro lado de esta barrera de incomodidades, como uno puede, se reorganiza, lo primero, ponerse el cinturón para evitar el riesgo de que se le caigan a uno los pantalones, ponerse los adminículos metálicos que porte uno y proseguir hacia el abordaje efectivo. Como ahora el aeropuerto del D.F. está en reparaciones y adaptaciones, después de un paseo de varias vueltas esquivando obstáculos,el autobús de patio lo lleva a uno hasta la aeronave que lo ha de transportar.

El vuelo sin incidentes mayores. Totalmente incomunicados por la prohibición vigente de llevar encendidos toda clase de aparatos electrónicos. En Guadalajara, la salida del aeropuerto, sin sobresaltos, ni problemas. A lanzarse a la vorágine del tránsito tapatío. El taxi carísimo entre doscientos y trescientos pesos. El tránsito atropellante lo rebasan a uno por la derecha se meten al frente de ud. y salen al carril izquierdo sin las debidas precauciones, más violentos y atrabiliarios que en el mismo Distrito Federal.

Después de haber cumplido con la encomienda asignada, afortunadamente sin mayores tropiezos, a emprender el regreso. Ahora al revés, las mismas trabas incómodas. Nos tocó ver el caso de un hombre de campo ya mayor, que había sido arrojado de su cabalgadura y que llevaba impuestas férulas metálicas para conservar en posición correcta su columna vertebral. Casi lo desnudan por la conmoción que causó a los aparatos detectores. Los familiares aclarando y explicando el caso a los policías. Finalmente pasó. Venía a México para curaciones mayores.

Al llegar al aeropuerto capitalino una fuerte tormenta, me obligó a tomar un autobús de los que salen hacia las poblaciones cercanas. Nuevamente una revisión similar que culminó con una fotografía individual de cada pasajero que abordó el autobús de referencia.

Todo lo anterior, parece exagerado para un país como el nuestro que no ha sido en la historia del mundo un agresor o un invasor que pueda temer represalias por parte de los ofendidos. Medidas que surgen por la desconfianza, el complejo de culpa, el cargo de conciencia, se entienden en naciones ya inveteradamente agresoras, como Estados Unidos, Inglaterra, España en regímenes anteriores, pero México, no tiene culpa que le achaquen, si acaso y eso sí es inevitable por su cercanía con el más rampante agresor internacional. Por eso nuestro país debe deslindar claramente su posición como nación pacífica y de actitud constructiva internacional, para que no le carguen culpas ajenas y corra el riesgo de represalias indebidas.

El que nada debe, nada teme y por eso las medidas que son el resultado del contagio de la paranoia antiterrorista estadounidense, deben atemperarse en nuestros aeropuertos y causar menos molestias a los ciudadanos mexicanos que no estamos acostumbrados a estas medidas de exagerada desconfianza que tanto lesionan moral y materialmente a la mayoría de los viajeros de buena fe. Sobre todo si circulamos sólo en nuestro país y no fuera de sus fronteras.

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