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Dr. José Vitelio García Maldonado

Elba Esther la buena.

Por: José Vitelio García

Tardíamente, Elba Esther ha invocado y recordado que sólo tiene un riñón, porque en un momento de su vida, lo cedió a su primer esposo y compañero, Arturo Montelongo.

Hasta ahí, conocí y traté a una Elba Esther joven y provinciana, muy proclive a la sonrisa y risa nerviosa, cuando conscientemente intuía que su conocimiento de la vida era escaso y aún no aquilataba la diferencia entre la forma de ser rural provinciana y la urbana de la gran metrópoli. Candidez calmada contra agresividad desatada. Elba aún decía que cuando a una chiapaneca de aquellos lares, de donde es originaria, se le lanza un piropo halagüeño, luego, luego responde:  ¿Voy por mi maletita? …. ¿A
qué hora nos vamos? .

Ella era alumna del tercer grado de secundaria en los cursos que el Instituto Federal de Capacitación del Magisterio impartía a los profesores rurales empíricos, en la capital de los Estados de la República, en este caso Tuxtla Gutiérrez.

Arturo, economista, impartía clases a nivel de Mejoramiento Profesional, a directores y supervisores escolares, yo como profesor atendía en el nivel de Capacitación a los profesores de grupo. Ambos, por motivación económica, compartíamos hospedaje en una modesta posada. Un buen día, Arturo me preguntó si podría ser testigo aval de su personalidad profesional y ciudadana, ya que pretendía contraer matrimonio por lo civil en Comitán de Las Flores.

Al término de los cursos Elba y Arturo establecieron su domicilio en un modesto departamento ubicado en la Colonia Portales del Distrito Federal.

Él tenía que laborar arduamente, mientras su salud se deterioraba aceleradamente. Arturo adolecía de riñón poliquístico y en pocos meses se vio  recluido en un sanatorio del  ISSSTE. Necesitaba un reemplazo de sus agotados órganos renales. Ningún familiar accedió a donarle el posible injerto. Elba Esther lo hizo.

Mas todo fue inútil. El riñón implantado no prosperó. Arturo  falleció dejando una hija póstuma. Yo le acompañé la tarde anterior a su fallecimiento, e intercambié con él breve diálogo; estaba resignado, sabía que no sobreviviría. Aún lúcido de pensamiento, escuchó mis argumentos que trataban de reanimarle.

Eran los años sesenta. Hoy varias décadas después, su viuda alude, tal vez en búsqueda de una atenuación de la mala imagen que se ha ganado a pulso, ese pasaje de su vida; ya que indudablemente se transfiguró hasta llegar a ser la Elba Esther, hoy
motivo de comentarios en los medios masivos de comunicación.  Pero esa
etapa de su vida es otra historia muy distinta.

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